Teléfono estropeado
“No hay flecha que le haga daño” repetían los habitantes como un mantra. Pero se trataba de un simple ardid para convencer a los dioses y, así, ganar la guerra. Pensaban que, a fuerza de oírlo, estos acabarían por creérselo. Allí, a la cima cubierta por las nubes de su alta montaña, llegaban los ecos de sus voces que rebotaban en las escarpadas paredes, raspando las vocales y limando las consonantes a las palabras. Por ese motivo, el mensaje que les llegó fue: “No hay brecha que lo deje sano”, y murió desangrado por una flecha que atravesó su talón.



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