Línea roja
Mientras soltaba espumarajos por la boca la línea del horizonte, fuego lava, era engullida por la oscuridad absoluta. Aquella de un cuerpo sin alma.
Era la noche más corta del año, pero para él sería eterna. Los recuerdos se le apelotonaban en la mente: él y Tomás el primer día de escuela; los dos jugando a las canicas en el patio del colegio; Adriana en el pasillo del instituto. Tomás era más hábil socialmente; en el instituto siempre andaba rodeado de chicas. Todas se sentían atraídas por él. Sería por su aire de rebelde sin causa. Jugaba muy bien sus cartas de tío atormentado por el abandono temprano de su padre; eso encendía en ellas su instinto de protección. Manuel, por el contrario, contaba con una familia estable, lo que para él suponía una maldición. En segundo de BUP, cuando ya cada estudiante había tomado posiciones, Manuel permanecía en su trinchera. A su instituto, conocido con el anónimo nombre de un barrio obrero segundo en el podio de los perdedores, el Coya 2, le precedía su mala fama y cientos de leyendas estudiantiles. No había día en que no se formara un corrillo de espectadores ante alguna pelea.
A su clase llegó una nueva estudiante desde otra ciudad, lo que era una tremenda novedad en todo el instituto. Se había corrido la voz entre los estudiantes que, apostados a ambos lados del pasillo con aire casual, no veían la hora de ponerle rostro a esa rara avis. Su aspecto no llamaba mucho la atención; una chica del montón: aire grunge, gafas de pasta, un diente incisivo un poco torcido. Pero cuando se adentró en el pasillo, el aire enrarecido se volvió más ligero y la gente comenzó a comportarse de manera más relajada, más natural. Manuel se sintió inmediatamente atraído por ella. Tomás la saludó con su aire de River Phoenix, pero ella pareció inmune a su efecto, lo que alimentó las esperanzas de Manuel.
A lo largo del primer trimestre ya había logrado un acercamiento. Resolvían las tareas de matemáticas juntos y quedaban en los recreos para comer palmeras de chocolate sentados en las gradas mientras veían cómo otros chicos jugaban al fútbol. Las vacaciones de Navidad se le hicieron eternas. Adriana vivía en un barrio a las afueras, hecho de chalés adosados a medio construir a los que todavía no llegaba la línea de autobús. No veía la hora de volverse a encontrar con ella en clase. Cuando al fin llegó el día, algo extraño estaba sucediendo. En la verja del instituto se había formado bulla. Un grupo de estudiantes hacía piña alrededor de algo que, desde su posición, no lograba ver. Cuando pudo abrirse camino entre los cuchicheos y las risitas vio a Tomás tirado en el suelo con un labio sangrante y a Adriana, acuclillada a su lado, limpiándoselo cuidadosamente con un clínex. ¡Lo había hecho otra vez el muy hijo de puta! Con sus artimañas de adolescente descarriado se las metía a todas en el bote. Seguramente había pagado a un chico del instituto rival para que se metiera con Adriana y, así, él pudiera salir como héroe salvador. No era la primera vez. Pero ella no podía ser tan tonta como para no darse cuenta; ella era diferente, no podía caer en sus redes. ¿Por qué, entre todas, tenía que elegirla a ella precisamente como presa? Podía estar con la que quisiera, pero no, quería lo que él deseaba.
Siempre fue así. Se ganó el cariño de sus padres, que agradecían que hubiese elegido a su hijo como amigo, así podía protegerlo. Su hijo era algo enclenque y cobarde, un alfeñique sin carácter. En la jungla del instituto, contar con su protección era una bendición. Pero para Manuel su amistad había supuesto un veneno que se administraba a pequeñas dosis. Cada vez que Tomás se quedaba con algo que él deseaba o que le pertenecía, una rabia sorda se instalaba en la boca de su estómago. Tanto era así que a los dieciséis años ya debía tomar antiácidos. Cada vez que entablaba una nueva amistad, y eso para él era todo un hito, llegaba el Johnny Depp de pacotilla para camelarlos y llevarlos al lado oscuro. Se juntaban para fumar porros a sus espaldas porque sabía que él no los toleraba. Una vez había intentado fumar un par de caladas solamente para sentirse integrado y había acabado en una sala de urgencias con un tambor en lugar de pecho. Taimadamente le había arrebatado todo. Pero a ella no, no se lo iba a permitir. Adriana y él estaban hechos el uno para el otro. Para Tomás era un simple juego de poder. La enésima demostración de su omnipotencia. Se alimentaba de su sufrimiento. No pondría fin hasta que no lo viera arrastrado como lombriz.
El segundo trimestre fue un suplicio. Cada mañana se levantaba paladeando la bilis de su estómago.
—Adriana, te compré la palmera, ¿te vienes a las gradas?—había ensayado esas palabras mil veces frente al espejo para que sonaran naturales, pero una entonación demasiado robótica se había escapado entre los labios que trataban de ofrecer una sonrisa.
—¡Ay!, gracias Manu —cogió la palmera y se la llevó al pecho —, me voy al portal con Tomás y los otros, ¿te vienes?
—No, no, gracias. —prefería mantenerse alejado de la pandilla; sabía que acabaría siendo blanco de sus burlas hostigados, por supuesto, por el chistoso de Tomás.
—Adriana, ¿hacemos los problemas de mates juntos?
—No, paso. Total, el “Micromachine” siempre se los hace corregir a los mismos; para qué esforzarse.
—Adriana, hoy sale en el cine la última de Marvel y tengo una entrada de sobra. —Omitió que era la entrada que sus padres habían comprado para Tomás.
—Nunca fui muy fan de ese tipo de pelis; además, ya quedé para ir a los bolos con estos, ¿te animas?
Y así hasta llegar a las vacaciones de Semana Santa. Resignado se le agotaron las propuestas y la paciencia. Menuda imbécil, va de alternativa y hace las mismas gilipolleces que el resto. El humo del porro acabará licuándole el cerebro hasta convertirla en un zombie “ríeportodo”.
En el tercer trimestre ya ni se molestaba en dirigirle la palabra. La ira se estaba cocinando en su estómago a fuego lento.
—¿Por qué ya no viene Tomás por casa, hijo? ¡No me digas que os habéis enfadado! Sabes que para él somos como su familia… la madre siempre lo ha desatendido. No quiero que se descarríe… a estas edades es muy fácil perderse.
—No, mamá, no estamos enfadados, solo que ya no tenemos los mismos intereses.
No era verdad, él seguía interesadísimo en joderle la vida, como había hecho siempre.
Acabó el curso y la relación entre Adriana y Manuel era prácticamente nula; por eso se extrañó cuando lo invitó a la fiesta de San Juan que estaban organizando en la playa.
—¡Ah!, y trae whisky.
Lo sabía, había sido idea de Tomás. Adoraba el whisky que su padre le traía de sus viajes a Escocia desde que, con once años, pillaron una mierda descomunal en casa de Manuel una noche que sus padres los dejaron solos para ir a bailar. Pero no supo decirle que no; quizás por cobardía, quizás porque aún alimentaba la esperanza de volver a retomar su amistad. Esa tarde, mientras recogía ramas y piñas en la pineda de la playa de Samil, los espiaba agazapado detrás de un tronco. Ahí estaban, juntitos, muy cerca del fuego, fumando y riendo como dos subnormales. Ya no sabía a quién odiaba más. Cuando Manuel se acercó para depositar la leña cerca de la hoguera, Tomás le ofreció una calada.
—¡Ah, es verdad! No puedes, que la última vez el nene acabó en una sala de urgencias!
Los dos se rieron como gansos de corral. Manuel observaba sus caras de Joker, se las hubiera partido allí mismo; quería dejar una señal permanente en ellas para que recordasen que no era ningún imbécil. Empezó a hiperventilar. Cerró los puños bañados en sudor, se giró y se dirigió hacia la orilla.
—¡No te enfades, hombre! —, gritó Tomás y volviéndose a girar hacia Adriana, pero todavía alzando la voz comentó:
—Siempre hace así, desde que íbamos a la primaria.
Adriana arrugó la frente, un gesto de desprecio cruzó su rostro, lo que no le pasó desapercibido a Tomás; se levantó y, recogiendo su falda ibicenca, se sentó al lado de Manuel. El mar lamía sus pies y ejercía un efecto calmante en él.
—Perdona, no quería burlarme de ti. Es el chocolate que me hace reír de este modo. Pero tienes razón, es una tontería fumar. Me da la sensación de que si sigo ya no seré capaz de divertirme sin el porro.
Manuel sintió alivio, como si el nudo de su pecho se aflojara. Con un gran esfuerzo se atrevió a acariciarle el dorso de la mano que tenía apoyada sobre la arena. En ese momento apareció Tomás para sentarse entre ellos, aplastando sus palmas contra la superficie granulosa con sus duras nalgas de futbolista.
—¡Anda, Manu, no te enfades! Sabes que eres un perdedor. Acéptalo de una vez.
Una oleada caliente le subió hasta los ojos, inyectándoselos en sangre. Sus manos apresaron su cuello como mandíbula de rottweiler. Adriana gritaba y pedía ayuda mientras, encaramada a la espalda de Manuel, intentaba separar los pulgares que hacían presión en la nuez de Tomás. Su cara pasó del rojo al azul. Manuel, en trance, no atendía ni a las órdenes ni a los gritos. Una fuerza descomunal lo mantenía aferrado al pescuezo del que en algún momento había considerado su amigo. Entre tres lograron arrancarle las manos de encima. Se alejaron con Tomás en volandas mientras este, con la cabeza vuelta hacia atrás, lo miraba con estupor hasta que una sonrisa aleteó en sus labios.
Manuel se quedó ahí tirado, soltando espumarajos por la boca mientras recreaba una y otra vez en su mente la cara de dolor de su amigo. Una potente erección le abultaba el pantalón del chándal.



Me encantó el ritmo y la tensión del relato. Y la forma en que conectaste el final con esa imagen del inicio fue genial.
Muy bueno. Me hizo pensar cuántos hemos conocido un Tomás en la vida.
Por suerte, en la mía, su capítulo fue corto.