La ola
Fantasía olinírica IV
Observo cómo el gran muro de agua se acerca peligrosamente a la costa. El monte Fuji se adivina entre el agua encrespada que va arrastrando con fuerza inusitada corales, peces, moluscos, cintas de alga, hacia la cresta de espuma brava, afilada como dedos que acaban en garras. Ora engulle una embarcación, ora la arrastra dividida a la mitad hacia la costa. La veo venir hacia mí, impasible; no tiene prisa por llegar, sabe que contra su fuerza destructora nada podemos hacer, humildes mortales. La veo extasiada, aterrada, con un pavor profundo que atenaza cada músculo y lo ancla a la roca del acantilado desde el que oteo el espeluznante espectáculo. Siento su fuerza en las gotas que se clavan en mi rostro como alfileres. Respiro el olor agrio y picante de la salitre y dos lágrimas afloran en sendos lagrimales hechas de la misma sal del mar que está a punto de engullirme en sus fauces azul prusia. Miro a mi derecha y el monte Fuji ha desaparecido. Alzo la mirada y ya solo puedo adivinar la cresta, allá, en lo alto. El muro de agua con sus serpentinas de alga ondulantes se abalanza sobre mí. Fundido en negro. La nada.




Lo que más se me queda es que la ola no tiene prisa. Sabe que no hace falta apurarse cuando la victoria ya es segura. Yo he vivido ese mismo pavor tranquilo, anclado a una roca cualquiera, viendo desaparecer lo que creía una montaña fija. Al final ni el agua fría asusta tanto como la certeza de que algo va a llegar de todos modos.
Estas fantasías onilíricas son mis favoritas. Hay algo excitante en esa sensación de adrenalina de los escenarios catastróficos que suceden en la ensoñación que luego se interrumpe abruptamente despertando.
Tu narración, como siempre impecable!!